MOVER UN DEDO
 
 
Pedro de Paz
 
 

Me gustaría proponerles un simple
ejercicio —teórico o práctico, trasládenlo al
extremo que estimen oportuno—: traten de
pasar una jornada completa de su vida, una sola,
andando a la pata coja. Desde que se levanten
por la mañana, alcen un pie y no lo posen en el
suelo hasta que el día no termine y durante ese
tiempo traten de llevar a cabo todos sus
quehaceres habituales. Procedan a su aseo
personal, dúchense, vístanse, suban y bajen
escaleras, entren y salgan de su coche, usen el
transporte público, realicen las gestiones
habituales en su trabajo, en oficinas o en
supermercados, vayan al cine o al teatro, salgan
a cenar, paseen. Todo ello sin posar el pie en el
suelo. ¿Se lo imaginan? Pues no es ni una
décima parte de las dificultades por las que
tienen que atravesar de forma cotidiana y
durante todos los días de su vida cualquier
persona aquejada de algún tipo de minusvalía
media.

Aunque no lo crean, aún hay gente que
considera a una persona minusválida como un
privilegiado de la sociedad. Arguyen que se le
adaptan zonas y accesos, se les entregan
subvenciones, se les ceden plazas de
aparcamiento en los lugares más cómodos y
accesibles. ¿Qué tienen ellos que no tenga yo?
¿Por qué ellos sí y yo no? ¿Es que nos hemos
vuelto locos? ¿De qué privilegios estamos
hablando? ¿Es tan increíble deducir, tan difícil
concebir que tan sólo se trata de civismo, de
respeto y de facilitar la convivencia cotidiana de
aquellos que sufren la circunstancia de no poder
hacerlo libremente como los demás?

Lo peor no es eso. Lo peor es que esta
sociedad insensibilizada, reacia siempre a
ponerse en el lugar del otro, no sólo no toma las
iniciativas necesarias para facilitar la vida diaria
de estas personas que cuentan con la desgracia
de tener que enfrentarse día tras día a su
handicap sino que, en las escasas ocasiones en
las que se regulan normas al respecto, nos
pasamos por el arco del triunfo esos avances
haciendo como si no fuesen con nosotros, como
si la cotidianeidad de esas personas no fuese lo
suficientemente complicada de por sí como para
que el resto de la población, con el egoísmo
implícito en nuestros actos más habituales, nos
empeñemos en complicársela aún más.

Siendo bien pensados podríamos argüir
que, en el fondo, no somos unos cabrones
desalmados sino que simplemente somos

descuidados. Que no pecamos de malicia sino
de indolencia pero, sinceramente, si me
preguntan, no sabría decirles que me parece
peor. Si ser malintencionado por naturaleza y
ser consecuente con ello o ser un apático social
al que las penalidades de los demás le importan
una mierda.

Existe una asociación en un pueblo de
Guadalajara, Asociación de Minusválidos de
Alovera, que a través de su página
http://www.yaloveras.com está llevando a cabo
una campaña de sensibilización y recogida de
firmas para que se sancione con la retirada de
dos puntos del carné de conducir a aquellos
conductores que no respeten las zonas de
aparcamiento para minusválidos. Dichas firmas
serán enviadas a la Dirección General de
Tráfico y a los estamentos gubernamentales
adecuados para que se proceda a evaluar la
propuesta a la mayor brevedad posible. La
iniciativa me parece digna de interés, cuenta con
todo mi respeto y mi apoyo y, desde esta
modesta tribuna, me atrevo a pedirles también el
suyo. Ciertamente resulta lastimoso e incluso
vergonzante tener que llegar a tales extremos
pero la experiencia nos da la razón. Por
desgracia, el único lenguaje claro e inequívoco
que parece entender el español medio es el del
precepto, la ley, la norma y la sanción. Si, de
motu propio, no somos capaces de entender, de
calibrar con propiedad esos detalles que a
nosotros pueden parecernos nimios pero que en
muchas ocasiones son de vital importancia para
otras personas, quizá la única solución factible
pase por aplicar la ley de forma estricta y
severa.

Somos tan estúpidos que ni siquiera
anteponiendo el sentido del egoísmo por delante
de cualquier otra estimación somos capaces de
ver más allá de nuestras narices. No somos
capaces de pensar ni en nuestra propia
fragilidad. Por mucho que queramos creerlo, ni
somos invulnerables y ni somos conscientes de
hasta qué punto nos pueden fallar las
previsiones. Basta un frenazo a destiempo, un
reventón de rueda, un conductor despistado, una
caída inoportuna y un bordillo
desafortunadamente situado para que nos
veamos, en una fracción de segundo, en el otro
lado, formando parte, de forma temporal o
definitiva, de aquellos cuyo bienestar hoy
despreciamos con desidia. Y entonces todo
serán lamentos y maldiciones acordándonos de
cuanto pudimos hacer y cómo jamás movimos
un dedo para llevarlo a cabo.

 
 
Parque Coimbra, octubre de 2006
 
  Otro artículo de este autor - Patrimonios  
  Os recomendamos visitar su Web - www.pedrodepaz.com
Volver página principaln